Daniel Ortega y su mejor amigo venezolano

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Daniel Ortega: la metamorfosis del caudillo esotérico

El presidente de Nicaragua, reelegido días atrás para un nuevo mandato, recorrió con los años un sorprendente derrotero ideológico, que lo llevó del ideario revolucionario del sandinismo original a un populismo personalista y clientelar difícil de desentrañar, con guiños tanto neoliberales como chavistas. Y acompañado todo ello de un fervor religioso y de una avidez de poder que no parece encontrar límites, ni siquiera en la Constitución.

Hubo un tiempo en que Daniel Ortega quiso emular a Sandino y a su "pequeño ejército loco", como lo bautizó Gabriela Mistral. Hubo un tiempo en que el ensimismado guerrillero enarboló la bandera del igualitarismo y la justicia social para entrar en Managua "bajo una lluvia de flores", como aquel general de hombres libres. Pero con los años, Ortega (La Libertad, 1945) se fue alejando del ideario sandinista, abrazó el neoliberalismo, renegó de Marx para acercarse apasionadamente a Jesucristo y se impuso una sola meta en la vida: aferrarse al poder a cualquier precio.

De momento, lo está consiguiendo. El presidente nicaragüense y líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) logró la reelección en los comicios celebrados el domingo pasado. Y lo hizo de forma arrolladora, con un 62% de los votos, treinta puntos por encima de su más cercano rival, el octogenario Fabio Gadea, un empresario liberal que se negó a reconocer el triunfo de Ortega y denunció un "fraude de proporciones inauditas".

La metamorfosis experimentada por Ortega a lo largo de su vida roza la esquizofrenia política. Si ayer combatía a pecho descubierto contra la dictadura de Anastasio Somoza con el gallardete de Sandino siempre a la vista, hoy es un dirigente sin escrúpulos, capaz de pactar con el diablo con tal de no abandonar nunca el palacio presidencial. Así lo hizo con varios "demonios" del sandinismo, como Arnoldo Alemán, ex presidente y candidato liberal implicado en varios escándalos de corrupción, a quien Ortega ayudó a eludir la cárcel en un infame contubernio político. O como el actual vicepresidente del gobierno, Jaime Morales Carazo, cuya relación con Ortega es un canto a la incoherencia ideológica. Antiguo dirigente de la Contra -la milicia promovida, financiada y entrenada por Washington para derrocar a los sandinistas-, Morales Carrazo se quedó sin casa tras el triunfo de la revolución. Se la confiscó el propio Ortega y allí se quedó a vivir.

El Ortega que se prepara para gobernar el país por tercera vez y que acaba de cumplir 66 años poco tiene que ver con aquel comandante que junto con otros ocho compañeros de armas conformó la dirección del FSLN tras el triunfo revolucionario del 19 de julio de 1979. A excepción de Tomás Borge y Bayardo Arce, todavía aliados, Ortega ya no cuenta con el respaldo de los integrantes de aquel primer gobierno revolucionario ni tampoco de otras figuras relevantes del sandinismo. Poco, muy poco tiene que ver el caudillo populista de hoy con aquel tímido guerrillero que con apenas veinte años ya era comandante y miembro de la conducción del clandestino FSLN, fundado por Carlos Fonseca. Su viraje autoritario lo ha llevado a perseguir judicialmente a antiguos compañeros de filas, como el poeta Ernesto Cardenal, ministro de Cultura en su día y ahora látigo contumaz del oficialismo. O a saltarse la Constitución a la torera. Si la Carta Magna prohíbe la reelección presidencial, Ortega tiene la solución. Se compran voluntades en la Corte Suprema y se decreta "inaplicable" esa prohibición. Esto es, la Corte Suprema declara inconstitucional la propia Constitución. Marx continúa en Nicaragua. Pero ya no es Karl sino Groucho.

El prontuario político de Ortega es una argamasa ideológica difícil de descifrar. El antiguo guerrillero se define como socialista, solidario y cristiano. Pero en la práctica su gobierno tiene, antes que otra cosa, un nítido cariz neoliberal, con guiños recurrentes al gran capital. En otra muestra de malabarismo político, el comandante se alineó con los países del ALBA sin desdeñar a Estados Unidos, bestia negra del sandinismo, un movimiento que siempre fue -antes que marxista-leninista- antiimperialista.

El amigo venezolano

La solidaridad también la entiende Ortega a su manera. Para contar con el favor de las clases más desfavorecidas, el mandatario promovió en los últimos años una política social destinada a reducir el tendal de pobres del país con programas como Plan Techo y Hambre Cero. Sus críticos sostienen que es tan sólo una estrategia clientelista, imposible de llevar a la práctica sin la ayuda financiera de Hugo Chávez (unos 500 millones de dólares anuales, equivalentes a casi un tercio del presupuesto nacional), unos fondos que gestiona el propio Ortega sin fiscalización legislativa. Consciente de que esa política social ha catapultado su aceptación popular, el mandatario no ha dudado en prometer una continuidad en su estrategia. "No vamos a provocar cambios dramáticos en este proceso; para qué cambiar si está saliendo bien", señaló hace unos días al celebrar la victoria electoral ante sus seguidores.

Hay, es cierto, un Ortega místico, arrebatado, esotérico. El fervor religioso del comandante se puso ya de manifiesto hace una década. Ortega, que siempre fue el candidato presidencial del FSLN, sorprendió a propios y extraños en la campaña de 2001. Invocaba a Cristo en cada acto electoral. Ese año volvió a perder, por tercera vez consecutiva desde 1990, cuando Violeta Chamorro lo desbancó del poder. Pero Ortega no se desanimó. Lo volvió a intentar en 2006 y entonces apuntaló su imagen de pastor evangélico iluminado por una revelación divina. En ese giro copernicano tuvo mucho que ver su mujer, la poetisa Rosario Murillo, que hace y deshace a su antojo entre las bambalinas del poder. La pareja, que vive un idilio con la jerarquía eclesiástica, ha hecho de su cruzada antiabortista una cuestión de fe. Otro antiguo enemigo de Ortega, el cardenal Miguel Obando y Bravo, es ahora su guía espiritual, y seguramente lo habrá absuelto de todos sus "pecados" pasados, incluido quizás el abuso sexual de su hijastra Zoilamérica. La hija de Rosario Murillo acudió a los tribunales en 1998 y acusó a su padrastro de haberla violado repetidas veces desde que tenía 11 años. Apoyado en todo momento por su esposa, Ortega se aferró a su inmunidad parlamentaria hasta que la justicia nicaragüense enterró el caso. Sin dar explicaciones, Zoilamérica retiró en 2008 la demanda que había interpuesto ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Y el comandante, socialista, solidario y cristiano, pudo respirar en paz y profundizar su proyecto político. Un modelo que ha transformado un movimiento revolucionario, como era el FSLN, en una corporación familiar, tal y como denunció en la campaña electoral Dora María Téllez, la legendaria guerrillera que con 24 años tomó el Palacio Nacional junto con Edén Pastora en 1978. "La política de Ortega no es de izquierda; ha favorecido la corrupción y la concentración de capital en pocas manos", se lamentó Téllez.

¿Qué queda entonces del espíritu sandinista en el Ortega de hoy? Para Sergio Ramírez, escritor y vicepresidente de Nicaragua entre 1986 y 1990, no queda nada, absolutamente nada. "El sandinismo es el sentimiento de toda una generación que luchó por desterrar a la dictadura de Somoza; en el oficialismo no hay sandinismo, sino danielismo, una forma de sobrevivir alrededor de la figura de un caudillo que garantiza la permanencia en el poder sobre la base de dos elementos esenciales: el dinero a raudales que viene de las arcas petroleras de Chávez y la falta de todo escrúpulo para comprar conciencias, para usar la corrupción como arma de poder", explica Ramírez a La Nacion desde Managua.

El escritor, que rompió con el FSLN a mediados de los años 90, conoció a Ortega en la etapa previa al triunfo revolucionario: "Había entrado en la universidad en los años 60 para tener una pantalla que cubriera su vida conspirativa -recuerda Ramírez- y había salido de ella cuando pasó a la clandestinidad, de modo que no tenía mucha preparación intelectual y su marxismo era más bien militante, aprendido en los manuales; se hizo autodidacta".

Los siete años que pasó Ortega en prisión por enfrentarse a la dictadura somocista le aportaron -además de una fea cicatriz en la frente por las torturas- tesón, disciplina y coraje. Tres cualidades que una vez en el poder siguió manteniendo para paliar algunas lagunas de liderazgo, como su absoluta falta de carisma o su incapacidad para la oratoria. "Su discurso siempre fue repetitivo, muy fijado por la retórica ideológica", subraya el autor de Sombras nada más .

Para describir la metamorfosis de Ortega, Sergio Ramírez da rienda suelta a su vena literaria y trae a la memoria el día en que el comandante le dio a leer un libro, La conjura de los necios , de John Kennedy Toole. Hubo un tiempo, recuerda Ramírez, en que Ortega -el guerrillero ensimismado que siempre quiso emular a Sandino- leía buenas novelas. Pero con los años, el caudillo renovó sus gustos literarios y se aficionó al mundo ocultista, místico, esotérico, de Paulo Coelho.

http://www.lanacion.com.ar/1422424-daniel-ortega-la-metamorfosis-del-caudillo-esoterico

Ricardo Camacho Socorro

Activista social Venezolano

"Gracias a la libertad de expresión hoy ya es posible decir que un gobernante es un inútil sin que nos pase nada. Y al gobernante tampoco."
Jaume Perich.