Crónica: El caos que trajo de vuelta a Hugo Chávez

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El 12 de abril de 2002 el corresponsal de BBC Mundo estuvo dentro del despacho presidencial donde el gobierno de facto encabezado por Pedro Carmona intentaba asumir el control del poder, del que había sido desplazado el presidente Hugo Chávez. El caos del que fue testigo presagiaba la corta duración del llamado "Carmonazo".

Aquel viernes 12 de abril de 2002 la antesala del despacho de la presidencia en el Palacio de Miraflores era un caos festivo. Militares y civiles conversaban en pequeños grupos debatiendo los eventos políticos del día anterior que terminaron con la caída del presidente Hugo Chávez.

Diecinueve personas habían muerto a las afueras de ese lugar, pero había un verdadero entusiasmo. Estaban tan enfrascados en sus relatos victoriosos que ninguno se percató cuándo entré a la oficina donde se maneja el poder en Venezuela.

Pegado a la pared, sin hacer mucho bulto para no llamar la atención, hice un rápido inventario del lugar. Había más grupos de personas analizando la coyuntura, muchas caras felices y en una esquina el aun no autoproclamado presidente Pedro Carmona Estanga (quien menos de 48 horas después pasaría a la historia como "Pedro el breve") recibía a unos desconocidos representantes sindicales.

Me llamó la atención que no estuviera allí la cúpula de la central de trabajadores que hasta apenas unas horas antes había estado tan unida al empresariado que representaba Carmona en su enfrentamiento con el ahora expresidente Chávez.

Aunque ya a esas horas se sabía que "algo había pasado" en el movimiento que determinó la salida de Chávez y que el consenso de la oposición se había roto.

Se sabía, pero a medias, sin certezas absolutas como había sido la condición informativa de las últimas doce horas, desde que la marcha de la oposición fuera desviada de su ruta original y llevaba hasta las afueras del ese mismo palacio, donde terminó en una explosión de violencia que costó la vida a 19 personas, entre opositores y simpatizantes del gobierno.

Ajeno a la algarabía pensaba que nunca en la Venezuela del último medio siglo una manifestación popular había terminado en esa sangrienta violencia.

"Vacío de poder"

Pensaba en el vacío de información que se produjo después -paralelo a lo que el Tribunal Supremo de Justicia calificaría eventualmente de "vacío de poder"- que impedía saber a ciencia cierta qué era lo que había pasado luego de que las televisoras intervinieran la cadena en la que la tarde del 11 de abril el presidente Chávez se empeñaba en hablar de paz justo cuando a las afueras de la sede del gobierno las cosas se definían a tiros.

El presidente hablaba de control de un lado de la pantalla y del otro el tiroteo estaba en pleno desarrollo.

Sería a las 3 de madrugada del viernes 12 cuando el jefe del estado mayor conjunto de las Fuerzas Armadas, General Lucas Rincón, se dirigió al expectante país informando que al presidente Chávez "se le solicitó la renuncia, la cual aceptó", una frase que quedará en los anales por su incoherencia sintáctica y por las dudas que generó y que diez años después siguen sin responderse. Además, dijo que el alto mando militar esperaba que las nuevas autoridades asumieran el control del gobierno.

A la antesala del despacho presidencial seguían llegando aquellos que debían asumir ese control. Yo me confundía cada vez con el decimonónico papel tapíz para poder seguir siendo testigo marginal de aquella caótica transición de poder.

Me iba desplazando para hacerle espacio a los que llegaban, hasta que no pude moverme más porque una mesa de afrancesado estilo me cortaba el paso. Noté que sobre aquel escritorio había un volumen de la Ley Habilitante, forrado en papel celofán y atado con una cinta con el tricolor de la bandera venezolana.

Ese paquete de leyes era el que había desatado la indignación de sindicatos y empresarios y acicateado el malestar de la parte antichavista de la población.

Una estilográfica negra marca Montblanc descansaba sobre el fajo de leyes sin que a nadie se le hubiera ocurrido embolsillársela. Creo que el general Carlos Alfonso Martínez, entonces comandante de la Guardia Nacional, pensó en ese momento lo mismo que yo pues al cruzarnos la mirada me dijo sonriente: "Al hombre no le dio tiempo ni de llevarse la pluma". Se refería a Chávez.

A puerta cerrada

En ese momento entró el general Camacho Cairuz, viceministro de Seguridad Pública y uno de los militares que horas antes había desconocido la autoridad de Chávez. Estaba visiblemente irritado. No le agradaba el ambiente festivo que encontraba en el despacho presidencial.

Tomó por el brazo al almirante Carlos Molina Tamayo y llevándolo justo hacia el costado del salón donde yo intentaba mantenerme lo más invisible posible le dijo: "Chico, ¿Qué haces tú uniformado?".

La pregunta venía a cuento porque Molina había sido sometido a investigación militar antes de los eventos y hasta que no fuera formalmente absuelto de sus cargos no debía presentarse al servicio activo.

Tamayo respondió: "El presidente (se refería a Carmona) me nombró jefe de la Casa Militar", incólume la sonrisa con la que había estado sirviendo de anfitrión en el despacho de su nuevo jefe.

Pero Camacho le recordó que en la vida militar "había reglas" y además le pidió que sacara a toda esa gente porque "por ahí viene Vásquez Velasco (jefe del Ejército) y viene arrrecho".

Molina acató la sugerencia y la reunión se deshizo rápidamente con la excusa de que "el presidente" (se refería a Carmona) tenía que atender algunos asuntos.

En ese momento dejé de ser invisible y un militar me conminó a salir del despacho. Pero cuando iba hacia la salida tuve que detenerme porque afuera estaba Vásquez Velasco y efectivamente venía como lo había descrito Camacho. Pasó a mi lado marcialmente, o al menos mal encarado, sin que pareciera verme, y entró directo en el despacho privado de la presidencia. Se cerró la puerta y no supe más.

El resto de aquel viernes 12 de abril fue de espera en el Palacio. En cualquier momento se produciría la "juramentación" del nuevo gobierno, aunque nadie sabía decir a ciencia cierta cuándo, dónde, cómo, ni quién le tomaría el juramento a Carmona. Nadie sabía decir tampoco por qué Carmona, de quién había sido la decisión de que él asumiera el mando.

Una película de Fellini

Finalmente se convocó a la ceremonia de toma de posesión del "nuevo presidente" en el propio palacio, lo que indicaba que los rumores sobre negociaciones con lo que la oposición llamaba el "chavismo light" o "chavismo democrático" no habían prosperado, o quizá ni siquiera se habían intentado.

La escena en el Palacio seguía pareciendo la de una película de Fellini: rostros exultantes de aquellos a los que el chavismo había sacado dos años atrás de los corredores del poder nacional.

Fue extraño ver a Carmona con un papel en la mano izquierda y levantando la derecha para autojuramentarse. Yo estaba transmitiendo en vivo, vía telefónica, para la edición de BBC internacional, nuestro noticiero de radio de cada hora, y trataba de describir una escena que no terminaba de entender a cabalidad.

Desde Londres, la presentadora, María Elena Navas, inmediatamente me hizo la pregunta que muchos fuera y dentro de Venezuela se hacían -algunos se la siguen haciendo- y me preguntó si había habido un golpe de Estado.

"No podía hablarse de un golpe en sentido clásico porque los militares no salieron a la calle, todo lo contrario, fueron acuartelados. Pero cuando unos oficiales desconocen públicamente la autoridad del presidente elegido y le piden la renuncia, eso es un golpe" dije esforzándome por hacer un análisis decente de la situación.

En todo caso, luego sabríamos que ese fue el primer golpe, activado por la masacre en los alrededores del Palacio de Miraflores causada por unos disparos cuyos orígenes siguen sin estar bien explicados.

Después vendría lo que se ha llamado el "Carmonazo", que permitió que el jefe de Fedecámaras asumiera el mando sin que nadie se lo hubiera delegado. Y todavía vendría el "contragolpe" organizado no solo por los seguidores de Chávez, sino por los llamados militares "institucionalistas", que terminaron retirando el apoyo al gobierno de facto. Tres movimientos casi simultáneos, todo en 48 horas.

Carmona se autojuramentó y pasó a leerse el Decreto Numero Uno, el único del breve gobierno de transición. Se disolvieron los poderes y hasta se le quitaba el apodo de bolivariana a la República de Venezuela. "Pedro, te queremos" gritaban los asistentes al acto ante cada nuevo anuncio.

Preocupación

Cuando salí a la calle sentí que las cosas no habían terminado aquí, pese al entusiasmo de muchos colegas periodistas y hasta los diagnósticos de más de un analista político. No era que hubiera visto yo algo diferente sino precisamente porque vi justamente lo que vimos todos: un peligroso desconocimiento del orden institucional.

Ya en el auto, enciendo la radio y escucho a una exultante entrevistadora preguntarle al padre jesuita y politólogo Mikel de Viana qué le parecía "la nueva era que se abría". Pero De Viana no estaba en la misma onda optimista y dijo estar "muy preocupado por lo que había oído" y que le iba a preguntar a "mi amigo Pedro Carmona Estanga que vaina es esa" que acababa de hacer.

La entrevista con quien normalmente era un contumaz crítico de Chávez no duró mucho más.

Yo no lo sabía, pero estaba escuchando los primeros pasos de la polémica autocensura que los medios ejercieron el 12 y 13 de abril, cuando los grupos simpatizantes del chavismo empezaron a salir a la calle para exigir, no tanto el regreso, sino noticias sobre el paradero de su líder, a la sazón detenido por los militares en una base naval cercana a Caracas. Pero los medios sólo mostraban imágenes repetidas de la autojuramentación y las versiones opositoras sobre la masacre de Miraflores.

El sábado 13 de abril Vásquez Velasco salió por televisión diciendo que los militares garantizaban su apoyo al gobierno de facto si se derogaba el Decreto Número Uno. En ese momento se sabía que Carmona no duraría.

Regresó Chávez en helicóptero al Palacio en el que pocas horas antes sus adversarios habían celebrado su caída. Miles de personas lo recibieron con cantos de "volvió, volvió, volvió, volvió".

En cadena de televisión el restablecido presidente esgrimió una cruz, pidió perdón, ofreció reconciliación y hasta prometió corregir el rumbo de su proyecto político, que por aquellos años nadie apellidaba socialista.

Pero los tiempos más polarizados de la crisis política venezolana estaban aun por venir y el chavismo siguió su rumbo sin atender a una oposición fragmentada y que por muchos años quedo sin brújula, incapaz de ponerse de acuerdo entre sí, mucho menos de negociar con el poder.

Carlos Chirinos
BBC Mundo, excorresponsal en Caracas
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/04/120411_venezuela_aniversario_golpe_2002_carmonazo_cronica_jg.shtml

Ricardo Camacho Socorro

Activista social Venezolano

"Gracias a la libertad de expresión hoy ya es posible decir que un gobernante es un inútil sin que nos pase nada. Y al gobernante tampoco."
Jaume Perich.