De verde a Maduro: El sucesor de Hugo Chávez.

Por 8:53 p. m. 0 comentarios
Por Roger Santodomingo

El 18 de febrero de 2013, a las 2:30 de la mañana, el presidente Hugo Chávez regresaba a Venezuela luego de más de dos meses hospitalizado en La Habana. Días antes, tras la cuarta intervención quirúrgica por un cáncer recurrente, Nicolás Maduro informaba que el Presidente, a quien se le había visto hinchado en fotografías, podía caminar un poco y respiraba por una cánula traqueal que le había dejado sin voz y con insuficiencia respiratoria. Aunque para el sector oficial el tema era un tabú y abordarlo una afrenta, de modo aparente, sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas, por lo menos para una vida políticamente activa. Eso fue lo que él mismo había previsto el 8 de diciembre pasado, cuando en una sorpresiva aparición televisiva, anunció su deseo de que Nicolás Maduro, su delfín, a la sazón ministro de Relaciones Exteriores y vicepresidente de la República, fuese el candidato de su partido, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y fuese electo presidente en caso de que él ya no pudiere seguir al frente de la revolución.

Su llegada envuelta en el secreto de la madrugada, fue anunciada por su cuenta Twitter, @chavezcandanga. Inmediatamente se filtraron fotos que lo mostraban caminando por un pabellón del Hospital Militar Carlos Arvelo en Caracas. Maduro invita al pueblo a celebrar con esperanza, pero sin perturbar el reposo del líder que aún “pasa por momentos difíciles”. Simultáneamente, se ha dado la instrucción a grandes empresas del espectáculo como Evenpro de suspender o posponer todos los eventos y conciertos con artistas internacionales programados por los próximos cuatro meses “por respeto al sentimiento del pueblo y a Hugo Chávez”.

En medio de esa atmósfera bipolar de luto y esperanza, desde que le encomendaron su última misión, Maduro, con el apoyo del aparato estatal y partidista empezó a construir su perfil para convertirse en el hombre más poderoso del régimen venezolano. De entrada, obtuvo la potestad para gobernar por decreto y suficiente poder administrativo como para limitar gradualmente el poder de sus adversarios internos y premiar a sus leales. Apariciones diarias anunciando los planes que habían sido trazados de antemano por Chávez, inaugurando obras sociales ordenadas por Chávez, noticias de La Habana, de Chávez, del hospital, con el líder. Mensajes en cadena nacional de radio y televisión interpretando los discursos del Presidente enfermo. Ya desde los primeros anuncios de sus dolencias, en mayo de 2011, el Canciller se había convertido en el hombre más cercano al mandatario, de pronto se hizo evidente que era su confidente y, finalmente, parecía natural que fuese su principal portavoz.

¿Cómo llegó Maduro a esa posición? ¿Cómo se convirtió en la mejor carta de Hugo Chávez? ¿Cómo ganó su confianza? No pertenece a la logia militar que intentó tomar el poder por asalto en 1992. Es civil. No se contaba entre los más importantes de sus colaboradores de las primeras horas. En diciembre de 1998, ni siquiera le dejaban entrar a la residencia oficial de La Viñeta a saludar al presidente electo.

El nombramiento de Nicolás Maduro como Canciller de la República Bolivariana de Venezuela coincidió con la decisión de Israel de retirar su embajador en Caracas el 7 de agosto de 2006. Hugo Chávez volvía de una gira extrema por el Medio Oriente. Se había abrazado con Ahmadinejad en Irán después de que este había prometido borrar a Israel de la faz de la Tierra. Junto al líder iraní comparó las acciones de los judíos en Palestina con un nuevo Holocausto y equiparó su gobierno con el de Hitler. Su primera decisión al llegar a Venezuela, cuatro días antes, había sido llamar a consultas a su más alto funcionario en la representación diplomática de Venezuela en Israel. Todo como respuesta a un ataque retaliativo israelí contra Hezbollah.

De acuerdo con un cable del Departamento de Estado norteamericano, la misión diplomática de Israel se puso en alerta aún cuando estaban convencidos de que se trataba de un típico arranque retórico de Chávez. Un inofensivo “blandir de sables en el aire” diría Livia Link segunda secretaria de la embajada israelí en Caracas. Sin embargo, les preocupaba que el nuevo ministro de Relaciones Exteriores “tiene una inclinación pro-árabe y podría ser un factor de irritación” en las relaciones entre los dos países.

Pero Link no sabía quién era Maduro realmente. De hecho era un verdadero misterio para toda la comunidad diplomática. A la semana siguiente, el ministro se reunió con miembros de la comunidad árabe en Venezuela a quienes anunció la apertura de dos cuentas bancarias para que ellos y también empleados públicos y los venezolanos en general pudieran hacer donaciones para un fondo de solidaridad con Líbano y Palestina. Tres años después no había delegación diplomática israelí en Venezuela y sus gestiones consulares fueron dejadas en manos de la Embajada de Canadá.

No más inaugurado en el cargo, Maduro pudo demostrarle a Chávez que comprendía un principio sustancial de la diplomacia: toda política exterior es política local. Que él, en comparación con sus predecesores, contaba en casa con una base política más sólida que venía de abajo y con capacidad de movilización por lo que rápidamente todo lo que se hiciera afuera tendría repercusiones adentro.

Así, desde su nombramiento, según se deduce de cientos de comunicaciones secretas filtradas por Wikileaks, logró captar un creciente interés y atención de su jefe y de los diplomáticos que le observaban. ¿Cómo influiría su gestión en la “diplomacia de carrito chocón” con la que un embajador había caracterizado a la política exterior chavista? Los cancilleres anteriores no diferían públicamente de las posturas del presidente Chávez, aunque en privado algunos sostenían que su trabajo consistía “en justificar lo injustificable y traducir en términos diplomáticos los impulsos del jefe”. Eran personas temperadas por la edad y cierta experiencia política. Viejos zorros: José Vicente Rangel nacido en 1929, Alí Rodríguez Araque en 1937; del 42 eran Luis Alfonso Dávila y Roy Chaderton; incluso el breve Jesús Pérez del 52, con solo dos años más que el Presidente, estaba tamizado con un doctorado en Francia. Todos ellos tenían un efecto moderador sobre Chávez que daban tranquilizante credibilidad a aquello que el ex embajador estadounidense, John Maisto recomendara a sus colegas: “No vean lo que dice sino lo que hace”.

También el veterano ex canciller brasileño Celso Amorim decía que Chávez era un “perro que ladra, pero no muerde”. En una conversación con el subsecretario de Estado norteamericano R. Nicholas Burns, lamentó el retiro del canciller Rodríguez Araque pues por dos años había sido “un interlocutor inteligente y confiable”. En cambio, Maduro se le antojaba un poco “inseguro”. El hábil diplomático -actualmente ministro de Defensa de Brasil- había intentado persuadir al novato canciller venezolano de visitarlo a Brasilia para discutir temas de interés común, pero este se negaba a viajar separado de Chávez y reunirse a solas con él “porque le temía”. Claro que eso fue en marzo de 2007.

Pero Maduro logró ser un ministro de asuntos exteriores de casi tanta antigüedad en la Casa Amarilla como Amorim en Itamaraty. De hecho, en la historia venezolana, seis años es lo máximo que alguien ha conducido la cancillería, por lo que su gestión merecería un estudio más amplio que escapa de los objetivos de este trabajo. No obstante, hay episodios de su gestión como diplomático que son clave para completar lo que sí estamos buscando acá que es hacer un retrato lo más exacto posible de su personalidad. Sobre ellos nos enfocaremos.

Su juventud podía leerse como inexperiencia y audacia en el mundo diplomático, pero según algunos observadores compensaba con su astucia y energía para trabajar. También con su carácter, pues según un diplomático europeo es uno de los ministros “menos irritables del Gabinete de Chávez”.

Al tanto de sus límites y de la complejidad política de Estados Unidos, mantuvo a diplomáticos de carrera o a los más experimentados y mejor formados conduciendo sus asuntos en el intrincado mundo del poder en Washington: Bernardo Álvarez en la embajada, Chaderton en la OEA y Jorge Valero como viceministro específico para Norteamérica. De resto sería todo lo contrario, acentuaría una tendencia a desprofesionalizar la carrera diplomática. Gradualmente fue eliminada toda restricción legal al nombramiento de políticos comprometidos en detrimento de diplomáticos profesionales. Así iría limpiando de restos institucionales la Cancillería para copar cargos y misiones con chavistas fieles y militares y políticos que requerían ser premiados o mantenidos a distancia y bajo control.

Por otro lado, él haría uso de relaciones hechas con figuras clave en EEUU durante su período como parlamentario. Desde su experiencia en el Grupo de Boston -un mecanismo de amistad interparlamentario que funcionó entre 2002 y el 2005 y sobre el que ampliaremos en el capítulo V-, Maduro había hecho amistades importantes. Por ejemplo John Kerry, el actual secretario de Estado norteamericano, quien participó brevemente del grupo y departió con él.

“Hicieron buenas migas y crearon puentes de comunicación desde entonces”, comenta un analista vinculado al Senado estadounidense: “El senador Kerry y un círculo político importante en Massachusetts nunca vio a Chávez como una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, sino a Venezuela como una relación clave para el país, y en particular para su estado; de modo que Chávez sólo necesitaba ser contenido si se volvía un peligro para los derechos humanos”. Kerry ha mantenido especial interés en Venezuela e incluso fue muy activo en el 2004, cuando rechazó lo que consideraba acciones indebidas del gobierno para evitar la realización limpia del referendo revocatorio contra Chávez. Su afinidad con Maduro explica el hecho de que vea la coyuntura planteada por la enfermedad de Chávez como una “oportunidad para una transición democrática”.

Otro ex colega parlamentario de Massachusetts que conoció en el Grupo de Boston, el demócrata William Delahunt brindaría la oportunidad de una alianza clave para el estado del clan de los Kennedy y para la proyección de la revolución bolivariana. De nuevo, la política internacional, había comprendido Maduro, era local. Después de los huracanes Katrina y Rita, Citgo se alió con la Corporación Ciudadana de Energía para proveer combustible barato para calefacción. A lo largo de 8 años, ha servido para “mantener caliente en el invierno” a más de 100 mil familias de bajos recursos. El programa, particularmente efectivo en el noreste, abarca todo el país. Anuncios publicitarios pueden verse en la televisión abierta desde Washington hasta Boston agradeciendo a Citgo, y personalmente a Hugo Chávez, por la generosidad de Venezuela. ¿Podía alguien así ser percibido como enemigo de Estados Unidos? ¿Aún cuando su retórica sonara tan contradictoria? Aunque muchos no tragarían esta historia, la duda quedaría sembrada en algunos.

                                                                 ***

Viajar puede ser una experiencia transformadora. Y viajar con alguien es una manera de conocerlo fuera del ruido cotidiano y de obtener un testigo de nuestra propia transformación. En el camino, nos apropiamos de lo que cambia en el otro. Se establecen complicidades y recuerdos que, tan solo por producirse en largos vuelos o en latitudes exóticas, adquieren una dimensión de tarjeta postal, se graban en la memoria, y causan impresiones afectivas profundas.

Cuando Chávez inició sus intensos periplos por el mundo y viajaba junto a Rodríguez o Rangel podía ver en ellos figuras paternas. De él no tenían nada que aprender, nada necesitaban cambiar ya de sus vidas. Según uno de sus ex ministros, nunca confió del todo en Dávila -“demasiado resentido y codicioso”- y, menos en Chaderton un sobreviviente de la denostada IV República -a quien llamó una vez “baboso oportunista” en una reunión de Gabinete-, sin embargo, los usaría mientras le fueran útiles. Pero además, todos ellos le hablaban directa o indirectamente de otras épocas, de una Venezuela que brilló antes de que él existiera, de una donde no existía Chávez. En cambio con Maduro todo era fresco. Se sentía a sus anchas con él pues Maduro no hablaba, escuchaba. Para el joven canciller, el mundo empezó a brillar con él. Él era su mundo, sin él no había otra Venezuela que recordar ni que imaginar. Y fueron centenares de miles de millas, incontables horas de vuelo juntos. Encontró en el subalterno un poco más joven que él a un camarada a quien contarle sus cosas y en quien confiar. Mientras en los ojos de su canciller su reflejo se devolvía más grande y brillante, frente a los suyos su pupilo maduraba.

Conocieron tantos sitios y personas nuevos. Tantas experiencias que quizás no se repetirían. Maduro sería su conexión ya no más con el pasado, sino de ese presente que estaban descubriendo con el futuro que estaban construyendo juntos. Se convirtió así en su vínculo entre Venezuela y el mundo. Ya los diplomáticos no tendrían que acudir a Rangel para que les tradujera lo que quiso decir Chávez en realidad. A través de Maduro su voz ya no sonaría en sordina, ni se ahogaría en justificaciones piadosas. Al contrario, reverberaba, se amplificaba.

Cuando en 2008, el subsecretario de Estado estadounidense, John Negroponte, denuncia que guerrilleros de la FARC usan territorio venezolano como santuario, Chávez se exalta. Ya había llamado a Negroponte “asesino profesional” y lo había vinculando a supuestas conspiraciones para liquidarlo. Maduro no juega acá una carta de diplomacia por ambiguación, no, él hace de megáfono: el burócrata estadounidense es un “funcionarillo con prontuario criminal”, por decir lo menos y, para que quede claro, nada menos que eso quiso decir el Presidente.

Si los cancilleres anteriores estaban cansados y “no le seguían el trote” al mandatario viajero, Maduro contrastaría por su empuje: ALBA, Unasur, Celac, serán algunas de las organizaciones que aunque parecieran cascarones vacíos o costaran una fortuna al tesoro venezolano, al menos materializaban en tiempo récord la intención del discurso de integración y de política multipolar.

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA, arrastraba sus pies y no lograba sumar voluntades más allá de Cuba. Bolivia, tímidamente se suscribiría en el 2006, pero el objetivo de crear un sistema de comercio alternativo, con una moneda común, parecía sólo un propósito mal fundamentado. Hasta la llegada de Maduro que permitió la incorporación efectiva no sólo de Bolivia, sino de Nicaragua y Honduras; sumando luego pequeños países del Caribe y Ecuador.

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, Celac, es otro logro atribuíble a la gestión de Maduro. Se acuerda en el 2010 en México, su primera cumbre es en el 2012 en Caracas y ya para la segunda en el 2013, Chile entregaba la presidencia pro tempore nada menos que a Cuba. Desde su cama de enfermo, Chávez logra gracias a la rápida gestión de su canciller su propósito de incluir a la revolución cubana en una organización regional y excluir a Estados Unidos y Canadá con su “pretendida superioridad moral”.

Podía sentirse tranquilo, en la cúspide de su popularidad, construyendo un mundo a su medida, con él como protagonista y sin Estados Unidos para corregirle la plana. Quizás era una realidad paralela, vacía, disfuncional y sólo para la percepción de sus seguidores, pero también una muy real línea de protección y legitimidad internacional para la revolución. “La política exterior es local”.

El ministro novato e inseguro cambió a lo largo de esos años. De ello pueden dar cuenta hondureños, panameños y paraguayos, por mencionar sólo a tres naciones que le han visto ubicarse cada vez más cerca del poder.

                                                                      ***

Guillermo Cochez, ex embajador de Panamá ante la Organización de Estados Americanos es un testigo de excepción de la transformación de Maduro de tímido asistente diplomático de Chávez a desinhibido operador en control de los hilos del poder hemisférico.

Tomamos con él un café en el Hotel Intercontinental en Miami, unos días después de que el 17 de enero de 2013 fuese destituido de su cargo como embajador ante OEA y antes de que volviese a su país. No se trata de un diplomático, ni un político de carrera. Es un experimentado abogado mercantil y comercial. Escribió un libro autobiográfico, “Las montañas sí se mueven”, que narra su detención durante el fin de la dictadura de Noriega. Luego adquirió relevancia política y fue el primer alcalde democrático de la ciudad de Panamá. La OEA lo había victimizado políticamente, lo que le brindó una oportunidad excepcional de convertirse en un testimonio de principios democráticos. El panameño se había convertido en una suerte de héroe para los opositores venezolanos y para muchos patriotas panameños. Piedra en el zapato del nuevo statu quo hemisférico. Se le ve cómodo allí.

El 16 de enero había sido el único diplomático que se atrevió a denunciar el doble estándar que estaba practicando la OEA. La Organización había sancionado a Paraguay por destituir -usando quizás mecanismos demasiado expeditos, pero constitucionales al fin y al cabo- al presidente Fernando Lugo, pero se hacía la vista gorda ante la situación venezolana donde un funcionario asumía el poder de facto sin haber sido electo y saltándose la norma de su constitución nacional.

“La OEA ha sido secuestrada por la ALBA y allí Maduro hace y deshace a su antojo”, nos dijo Cochez que veía el organismo convertirse en un ente insignificante ante la mirada impotente de Estados Unidos, Canadá, Costa Rica y la propia Panamá. Coincidiendo con la crisis hondureña, tres años y medio atrás, el 4 julio de 2009, se inauguró en su puesto como embajador en el ente panamericano en plena crisis hondureña. “Fui directamente del aeropuerto a una sesión de la Asamblea General donde se iban a discutir las sanciones contra el gobierno de Micheletti en Honduras por la forma como se había producido la salida de Zelaya de la presidencia. Entré a un salón donde estaban algunos embajadores y la presidenta argentina Cristina Fernández y el presidente del Paraguay Fernando Lugo. No conocía a nadie, pero me sorprendía lo grosero que podía ser, por ejemplo, con el embajador de Costa Rica. Me impactó ver cómo aquel hombre con ese hablar tosco de chofer de autobús prácticamente dirigía una orquesta, mandaba a callar y daba órdenes a presidentes que se quedaban tranquilos como si nada”.

Cochez había visto al gobierno venezolano herido y actuar con furia. Chávez perdía con la caída de Zelaya, a uno de sus gobiernos aliados en Centroamérica. Desde entonces, haría su costumbre importunar al canciller y a su embajador Chaderton. Y Venezuela no dejaría pasar una oportunidad para extender sus quejas ante Panamá por “las posturas recalcitrantes de su embajador”. Cochez había observado cómo el gobierno bolivariano hacía gala de su capacidad para premiar financieramente lealtades o castigar con un bombardeo de humillaciones a la oposición internacional. Sabía que Maduro había aprendido que podía salirse fácilmente con la suya.

Pero quizás Cochez no leyó bien las señales del ambiente. Cuando el 9 de enero, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de Venezuela dictaminó que el presidente venezolano sólo estaba de permiso por motivos de salud, que no necesitaba juramentarse y que el vicepresidente podía asumir legalmente algunas funciones administrativas, el gobierno de Estados Unidos que sí estaba escuchando atentamente no demoró en reconocer la decisión. Un récord. Ni siquiera se tomó un día para pensar su reacción, 10 minutos bastaron y sobraron: “Lo importante es ver cómo los venezolanos interpretan la decisión del Supremo…Es una decisión que deben tomar los venezolanos”, dijo la portavoz del Departamento de Estado, Victoria Nuland.

Varias cancillerías, incluida la de su país habían recibido, justo antes de la sesión del 16 de enero en la OEA, una persuasiva comunicación instándolos a no interferir en el proceso de transición venezolano. La instrucción, según nos explica un diplomático paraguayo, no venía de Nicolás Maduro, sino del Departamento de Estado Norteamericano. En resumen, los Estados Unidos le decía a sus aliados en América Latina que dejaran a los venezolanos resolver sus asuntos a su manera. La comunicación confidencial, nos explica el diplomático que confirma esta información, cerraba con este comentario: “Dejemos que se maten entre ellos”.

¿Influía en todo esto la conversación que en Noviembre de 2012 sostuvo Maduro con Roberta Jacobson? ¿Tenía esto que ver con su percepción de que había en el seno de la revolución un enfrentamiento entre una facción “guevarista”, de la izquierda civil, admiradora del Che y encabezada por Maduro y otra “nacionalista”, económicamente poderosa, con apoyo militar liderada por el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello?

La subsecretaria de Estado para Latinoamérica había confirmado a principios de año que la conversación había tenido lugar. Dijo que era parte de un acercamiento de Estados Unidos y Venezuela que se estaba trabajando. Este implicaba una mayor cooperación en materia antidrogas, lo que fue interpretado como una maniobra de Maduro para contrarrestar a sus rivales internamente. En particular a Cabello, a la cabeza de un grupo poderoso de empresarios y militares, algunos de los cuales estaban en una lista negra de la DEA. Por su parte, Cabello había supuestamente intentado también un acercamiento con Estados Unidos dando la señal de que él era un líder más confiable, al frente de una tendencia nacionalista que veía con recelo la excesiva debilidad de Maduro por la revolución cubana y su estrecha vinculación con la guerrilla colombiana y la senadora Piedad Córdoba, ergo con las FARC. ¿A eso se referían los americanos cuando recomendaban a los otros países dejar a los venezolanos que “se maten entre ellos”?

Si con Chávez enfermo Maduro lanza puentes, una vez en el poder la esperanza de restituir las relaciones por un camino productivo se acrecentarían. Lo cierto es que fue la oportuna movida de la cancillería venezolana iniciada en noviembre lo que destrabó la partida de ajedrez y luego garantizaría el voto para su legitimación internacional.

Probablemente los americanos habían decidido prestar más atención a las recomendaciones de Celso Amorim quien defendía la opinión del presidente Ignacio Lula da Silva de que “a Venezuela no es que no debamos aislarla es que no podemos permitirle que se aísle”. Según registran los cables del Departamento de Estado filtrados por Wikileaks, Brasilia asumía una actitud pragmática hacia Chávez que debía imitarse. Decía Amorim -probablemente sacando las cuentas de prósperos negocios y la positiva balanza comercial brasileña- que aislar a la revolución bolivariana sólo reforzaría sus tendencias radicales y dificultaría una sana influencia democrática. En parte eso justificaba su su interés en que se dejara ingresar a la imperfecta democracia como miembro pleno del bloque del Mercosur. Porque del diálogo y los pactos comerciales se derivan compromisos políticos. Un ejemplo de lo que no se debía hacer, según expresó Amorim a Burns, es el bloqueo a la venta de armas con tecnología estadounidense a Venezuela. Esto impidió a Brasil exportar algunos de sus aviones de guerra y, por esa vía, ejercer una mayor influencia en sus militares y en su política de seguridad. De hecho, empujó a Venezuela a adquirir más equipamiento ruso y chino.

No, Cochez no había leído bien las señales o no había querido prestarles atención. Optó por jugarse la carta de sus posiciones políticas que habían caracterizado su desempeño en la OEA hasta ese día. Pero, por más aplausos que arrancase en su auditorio, no podía estar por encima de la de los intereses nacionales que él estaba obligado a representar. Entonces, su presidente, Ricardo Martinelli, al agachar la cabeza y sumarse al coro de lo que él llamaba complicidades internacionales sólo estaba siguiendo la línea del realismo diplomático que trazaba Estados Unidos: los Estados tienen intereses, no principios. Esto llevó a 28 países de la OEA a cerrar filas con Maduro y a expulsar a la única voz disidente, la suya.

                                                                      ***

“Tenés que sentirlo”, reza el eslogan de la campaña de turismo que vende a Paraguay como un destino emergente con su especial combinación de identidad cultural, riqueza natural y, sobre todo, una “historia cautivante”. Algo que Maduro no supo hacer antes de precipitarse el 22 de junio de 2012 cuando no fue protagonista, ni actor invitado, sino más bien incómodo visitante en uno de los episodios más controversiales de la cautivadora historia paraguaya.

La destitución del presidente Fernando Lugo merece una mención aparte pues muestra el modo en que Maduro, prácticamente liberado de su tutelaje, podía actuar con la desenvoltura, osadía y arrogancia propias de su jefe. Un observador poco informado puede pasar por alto que en esa época Chávez ya se cansaba con facilidad. Estaba muy enfermo y sus pocas energías las dedicaba a su recuperación y a ganar la contienda electoral.

Maduro se encontraba en Río de Janeiro asistiendo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, mejor conocida como Río+20. Un evento en el que líderes del planeta buscaban hacer frente, al menos declarativamente, a la creciente falta de agua en el mundo. Es en ese momento que estalla la crisis en Paraguay. La alianza bolivariana había perdido a Honduras, no podían darse el lujo de dejar caer también al Paraguay. Maduro animó a un grupo de sus colegas a acompañarle a dar un respaldo a la democracia del país, en especial a Lugo en su difícil trance. Logra convencer a algunos y es así que un grupo de 11 cancilleres conforma un equipo de respuesta rápida para una misión extraordinaria junto al presidente de UNASUR Alí Rodríguez Araque. Los embarca en el avión oficial venezolano y emprende con ellos el vuelo de una hora y media hasta Asunción. Aunque contando con la asesoría de Rodríguez, nuestras fuentes indican que Maduro prácticamente operó a su cuenta y riesgo, “confiando mucho en su suerte”.

La muerte de 17 campesinos sin tierra y policías, en un enfrentamiento en una hacienda de Curuguaty, en el departamento de Canindeyú, a 380 kilómetros al noreste de Asunción fue el desencadenante de la crisis, pero no la única causa. Detrás se tejía una compleja red de intereses políticos y económicos. Resentimientos sociales y una muy desigual distribución de la tierra son la base de un profundo conflicto social por el que analistas paraguayos siempre han avizorado el peligro de una explosión social, o peor, el retorno de un régimen autoritario militar.

El hecho es que la pobre respuesta de Lugo a la crisis terminó de fragmentar su alianza política dejándolo solo con el respaldo de una minoría en el parlamento. Eran tiempos de mucha tensión. Había una campaña electoral inminente y las posiciones se habían radicalizado contra el presidente. Desde la izquierda lo señalaba por el abuso en el manejo de los recursos públicos. Desde la derecha por su abierto o tácito respaldo a las invasiones de tierras privadas. Muchos paraguayos veían con recelo que privilegiaba al sector de los sojeros. Estos son campesinos descendientes de brasileños, los llamados “brasiguayos”, que cultivan la soja y forman una etnicidad y subcultura aparte en Paraguay.

Además, el presidente había perdido estatura política de cara al pueblo. “Lugo quien se presentaba como el santo obispo, se descubrió en realidad como poco menos que un corruptor de menores, con varias mujeres y cinco hijos. Esto y sus debilidades ideológicas las mantuvo bien ocultas frente a la conservadora sociedad paraguaya. Lo que ocurrió es que los paraguayos, hartos del modelo impuesto por el partido Colorado, compramos cualquier cosa sin examinar claramente al candidato alternativo. Sobre todo sin calibrar su irresponsabilidad, tanto en el manejo de su iglesia y de su vida privada como respecto a su solidez democrática”, nos dice Ana Rivas Tardivo editora política del diario ABC de Paraguay, el más grande y prestigioso periódico del país.

Ana Rivas cubría cancillería para el periódico el día que llegó la sorpresiva misión de ministros extranjeros. Los acontecimientos que vivía el país, de por sí sin precedentes, ya eran suficientemente excitantes para cualquier periodista, y ahora alcanzaban una dimensión internacional extraordinaria. “En la medianoche del 21 de junio se reúnen los cancilleres con Lugo y en la mañana del 22 comienzan a recorrer las instituciones del Estado. Hablan con los partidos políticos, con los legisladores y con el vicepresidente Franco. Es cuando noto que el único que no va a hablar con Franco es Maduro”, cuenta la reportera.

Así se entera de que Maduro se había quedado en el Palacio de Gobierno con Lugo. Aprovechando que los periodistas siguen a la delegación de cancilleres en su periplo de consultas, consiguen algo de privacidad. No se ha podido confirmar si había sido planificado así o si ocurrió por accidente. Lo más probable es que hubiese sido premeditado. De acuerdo con las declaraciones prestadas por los miembros del Alto Mando a la Fiscalía, Lugo había convocado a una reunión del gabinete militar. La sala del consejo de ministros se mantuvo con la puerta abierta y es cuando hacen entrada, sin ser anunciados, Maduro junto a Rodríguez, el embajador venezolano, José Francisco Arrúe del Pablo, y el embajador de Ecuador, Julio Prado.

Los militares habían emitido el día anterior un comunicado muy institucional en el que las Fuerzas Armadas sostenían que se mantenían al margen del debate político y juraban respetar el resultado del proceso siempre que estuviese apegado a la constitución.

El general Ángel Vallovera, entonces el jefe del Gabinete Militar, fue el encargado de leer un nuevo documento como propuesta de comunicado oficial presentado en nombre de la delegación de UNASUR. En el comunicado, las FAN insistían en su mensaje institucional anterior, hasta allí todo bien, pero con una importante corrección: los oficiales juraban lealtad no sólo a la constitución sino a su Comandante en Jefe “electo”. Añadido que podía traducirse en una amenaza de autogolpe si, como era previsible, el Congreso terminaba nombrando a un comandante en jefe provisional en lugar del “electo”, es decir de Lugo.

“Lo que he indagado me lleva a concluir que al ver que el propio Lugo se quedaba como un zombi, no hacía nada, no asume el liderazgo de la reunión para exigir él mismo lealtad a los militares, Maduro se impacienta”, cuenta Rivas. “Es cuando él directamente inquirió a los generales y almirantes allí reunidos. Les pide que si llegado el eventual caso de que Lugo tenga que ordenarles mantenerse leales, en el supuesto caso de que el Congreso cometiera la locura de destituirlo, entonces que por favor lo hagan y se mantengan a su lado”.

Había un silencio sepulcral en la sala. Ningún general abría la boca, el mismo Lugo se revolvía en su silla sin dar signos de aprobación a lo que Maduro acababa de decir. Maduro veía el reloj y a Alí Rodríguez alternativamente. “Habría que pensarlo”, sugirió entonces el comandante de la Fuerza Aérea general Miguel Christ Jacobs. “Déjenos el documento para estudiarlo”, les diría. Es allí que Maduro suelta las palabras que le condenan: “Si no lo hacen, habrá graves consecuencias para el Paraguay”.

No se habló más. Nadie golpeó la mesa con el puño. Christ Jacobs fue el primero en retirarse de la reunión, pero tras suyo siguió todo el alto mando dejando solos a Lugo y a sus invitados extranjeros. Aquella no tan velada amenaza había sido una afrenta. La fiscalía paraguaya inició luego un proceso para juzgar a Maduro por su intervencionismo y por instigación al delito. Pero después de una investigación parlamentaria y judicial, el caso fue descartado pues la fiscalía no había encontrado suficientes evidencias para asegurar que, más allá de mediar en la solución de una crisis, el canciller venezolano hubiese arengado a los militares paraguayos a actuar contra la constitución. Chris Jacobs fue posteriormente condecorado y ascendido al cargo de Comandante General de la Fuerza Armada.

“Maduro no necesitaba hacernos una arenga golpista”, nos aclara Chris Jacobs: “No es cierto que él nos haya dado un discurso arengando a dar un golpe de Estado, yo puedo aceptar que los militares Paraguayos podemos ser criticados por muchas cosas, pero no por estúpidos”.

Chris no es el tipo de oficiales que guste de conversar con la prensa. Sus respuestas suelen reducirse a monosílabos. “Es un militar institucional con una formación académica sólida”, nos comenta Rivas. “Él no necesariamente se pone de lado de Franco, sino de la Constitución Paraguaya. Toma en cuenta que la historia paraguaya condena a las Fuerzas Armadas. Los militares son criticados, rechazados y temidos por la sociedad. Recuperar el respeto de esa sociedad era su mayor aspiración”.

La historia de Paraguay le da un sabor muy peculiar a su idiosincrasia y cultura política, nos explica nuestra colega de ABC. “Recuerda que este es un país que fue atacado en dos guerras por sus vecinos y que en una de ellas fue víctima de genocidio, objeto de una verdadera guerra de exterminio. Yo he vivido en el extranjero y no conozco una nación con tanto sentido nacionalista como ésta. No nos gusta, como a ninguna, una intervención extranjera, somos alérgicos a eso. Pero si a nuestros vecinos apenas los toleramos cómo crees que reaccionó la población a la intervención de un gobierno extranjero que está a miles de kilómetros de distancia, con el que prácticamente no compartimos una historia común y que profesa una ideología exótica”.

A la postre, el Mercosur sancionó a Paraguay y se abrió una ventana de oportunidad para Venezuela. Habiendo eliminado el obstáculo de un congreso que era su piedra en el zapato, logró finalmente su anhelo de ser aceptada como miembro pleno. Tenés que sentirlo.

                                                                       ***

Dentro de la trampa entre ideología y pragmatismo propia de la revolución bolivariana, Maduro ha sido un Canciller que le ha sido útil a Chávez. Las contradicciones lo plagan y ha aprendido a hacer malabarismos con ellas. Eso le ha permitido mantenerse cerca. Fue el primero, además de Chávez, de enterarse de su enfermedad y se convirtió en un amigo diligente en las horas difíciles de su tratamiento y atendiendo a su familia. Su ubicación tan cerca del corazón de Chávez es la fuente de su poder. Un manantial bendecido por su privilegiada y antigua relación con los cubanos.

Esta pretende ser una semblanza donde intentamos describir su evolución política y humana. Es una investigación amplia que hemos hecho con sincera intención de honestidad y equilibrio. Para esto hemos conversado con Maduro y su familia, algunos de sus cercanos colaboradores, adversarios, diplomáticos, expertos y académicos, así como con testigos de excepción. Algunos hallazgos nos habría gustado contrastarlos de nuevo con el mismo Maduro, pero acercarse una vez más a él se volvió casi imposible, más aún desde que saltó al centro del escenario. Pero aún hay demasiados elementos por despejar en su pasado y de su destino. Al verle en sus apariciones de televisión, en discursos forzados, es inevitable tener la sensación que experimentamos cuando le conocimos: todavía Maduro no es él mismo.

Por ejemplo, hay una dualidad no resuelta en él todavía. Una de sus dimensiones es la del político tolerante que no le teme al diálogo. Pocos lo saben, pero quizás movido por un deseo sincero de aliviar la tensión causada por la situación de los presos y exiliados políticos, fue él quien inició la gestión para que empezase a hablarse de una amnistía en Venezuela en el año 2012. Sin embargo, la nueva recaída de Hugo Chávez y el rol que se le encomienda en consecuencia, frustra esta tentativa que lo lleva a proyectarse, al contrario, como el más radical de todos los chavistas y apelar a la base dura de su movimiento cimentada en la polarización.

La otra dimensión, es su obsecuencia o su veneración irracional por Chávez. Usaremos una anécdota para ilustrar mejor cómo se hace el balance entre su compasión y su miedo a importunar al líder supremo.

Carolina Pérez Rodríguez, hija del ex presidente Carlos Andrés Pérez y Blanca Rodríguez, es una mujer que ha sufrido enfermedades desde muy joven. Perdió la vista como consecuencia de los tratamientos para una diabetes que padece desde la adolescencia y que se ha visto complicada entre otras cosas por un tipo de cáncer de tiroides. Su cuerpo no responde a los tratamientos radioactivos ni de quimioterapia, así que debe hacerse operaciones para extirpación de tumores con cierta regularidad. Desde los 15 años, ha tenido la suerte de ser controlada en uno de los mejores centros clínicos del mundo, el Instituto Nacional de Salud en Estados Unidos, que la acogió como paciente debido a lo raro de su enfermedad. “Lo mejor es que se trata de salud pública y de investigación por lo que no pago por un tratamiento que de otro modo no podría costearme”, nos explica.

“Estaba en una situación delicada, los niveles de sangre indicaban que tenía un nuevo tumor y estaba empezando a sentirme muy mal. Pero mi pasaporte diplomático, el único que tenía y que usaba desde que mi papá era presidente, se había vencido. Tratamos de obtener un pasaporte normal, pero por más que intentamos la nueva gestión para una cita por internet en la Oficina de Identificación y Extranjería, no lográbamos conseguirlo. Mi mamá, desesperada porque me ve deteriorarme llama a José Vicente Rangel que era lo más cercano que podíamos tener con el gobierno del presidente que quiso derrocar a mi papá. Ella con gran pena le pide que por favor le ayude a obtener un pasaporte normal o al menos a renovar por un mes más el pasaporte diplomático”, cuenta.

Rangel accedió a interceder por razones humanitarias y obtuvo una cita para el día siguiente con Nicolás Maduro en la Cancillería. Allí a las 9 de la mañana del 11 de mayo de 2007 se presentó Carolina Pérez con sus lentes oscuros y su bastón. Y a las 10:30 la hicieron sentarse en la antesala del despacho ministerial.

“Pasaron las horas y no me daban razón. Habían dado instrucciones de que los mesoneros no me atendieran así que bajé a la Plaza Bolívar a comprar un refrigerio y volví rápidamente. Esperé muchas horas más y veía como entraba y salía gente del despacho del ministro que atendió a varias personas y a una delegación de una embajada, algunos sabían quien era yo y me saludaron con mucha cortesía. Debo decir que aunque no me dieron ni agua, los empleados de la cancillería fueron siempre muy amables, dentro de lo que podían. Ya a las 7:40 de la noche llegó una funcionaria con la voz quebrada y muy compungida diciéndome que no me renovarían el pasaporte, que el ministro se había negado a firmarlo y, que de hecho ya se había ido de su despacho. Yo le dije no se preocupe mija que se hace lo que Dios quiera. De allí salí a la calle y caminamos un trecho por la plaza, era tarde y Caracas estaba oscura pero no tenía miedo, igual sabía que ya no me quedaba mucho tiempo”.

Una semana después la llamó Teodoro Petkoff quien le dijo que había escuchado lo que le estaba pasando y quería su permiso para contar la historia en su periódico TalCual. “Le dije que no tenía problema, salvo que no deseaba que se explotara políticamente que ya bastante sufría el país y yo lo único que necesitaba era un gesto humanitario”. Petkoff publicó un vitriólico editorial titulado “Canallada” que ponía en entredicho la humanidad de Maduro, doblegado por su adulancia al jefe. Su ácido surgió un efecto inmediato. Poco después Carolina Pérez recibió una llamada de un funcionario de Cancillería: “Mire señora a usted no se le está negando nada, solo que estas cosas llevan su tiempo. Puede venir hoy y traer su pasaporte que se lo vamos a renovar”. Fue así, nos cuenta, que pudo ir a operarse una vez más, volver y vivir para contarlo.

Hoy todo el mundo se pregunta si este hombre dual e incompleto, pero audaz y efectivo podrá asumir el legado del “líder supremo” de la revolución bolivariana, enfrentar los retos de una economía y un Estado disfuncional y sobrevivir a las intrigas que dentro del mismo chavismo intentan competir por su liderazgo.

Creemos que el lector encontrará acá un amplio retrato con suficientes elementos para responderse a sí mismo cuál es el secreto de Maduro. No es éste un alegato a su favor, tampoco su epitafio. Nuestro interés no es resolver la diatriba que consume a Venezuela sobre su legitimidad. Ofrecemos un croquis de su biografía sobrepuesto a un mapa aéreo de la historia del país. Analizamos así los esfuerzos para la construcción de su carisma y explicamos con elementos teóricos e históricos la conformación de una nueva religión política en el chavismo.

Esta es la historia de una persona atrapada en la tensión que se crea entre su ideología radical, que lo empuja a la soberbia y la violencia, y su hambre de espiritualidad que le hacen ser un hombre que muchos perciben amable y de naturaleza compasiva. Desde su cama de hospital su poderoso mentor parecía sostener aún las riendas del secreto carácter de su sucesor. Quizás, retando la Clemencia de Séneca, pueda eventualmente y desde el más allá tener aún el poder de liquidar la personalidad de su heredero. Pero eso pertenece a la dimensión desconocida de la paternidad. A ese espacio secreto para todos los padres en el que no podrán ver ya la vida de sus hijos y será, a la postre y naturalmente, una elección de Maduro y del pueblo venezolano. Al final puede que simplemente termine imponiéndose el individuo solo ante sus circunstancias. Que por mejor ubicado que se encuentre sabe que su vida y su poder están condicionados por fuerzas misteriosas superiores a él.

Epílogo

El 5 de marzo de 2013, en cadena de radio y televisión, Nicolás Maduro, voz quebrada y ojos enrojecidos, anunció que el presidente Hugo Chávez había muerto a las 4:25 de esa tarde. La fatal noticia, aunque esperada por días, causó una gran sorpresa y copó la agenda noticiosa mundial.

Los medios, en particular la televisión, reflejaron sobre todo las reacciones extremas de un país en estado de shock: La de los miles de seguidores poseídos por un luto sincero y desgarrador ante la partida de su amado y carismático líder; y la de algunos opositores que celebraron que, con el deceso del autócrata, llegaba a su final un doloroso capítulo para la democracia venezolana.

Atrapada entre estos extremos, la mayoría de los venezolanos, independiente de su signo político, estaba sacudida por la ausencia de quien, para bien o para mal, había sido una figura omnipresente por más de una década. Sin duda, Venezuela era un país distinto al que había sido hace 14 años. Se trata de una nación consumida por el miedo: al pasado oscuro y poblado de misterios inquietantes, al presente inseguro y violento en el que se vive siempre al día, al futuro cargado de intrigas y acechado por las inclemencias de la realidad económica.

Siguieron y seguirán muchas discusiones sobre el legado de Chávez para el país y la política latinoamericana. Además, de una necrológica diatriba sobre la verdadera fecha y lugar de su deceso, síntoma del secretismo con el que se maneja el gobierno y de la desconfianza que divide al país. Venezuela se ha vuelto suelo fértil para rumores y germinador de teorías conspirativas que en otro contexto parecerían completamente descabelladas. Todo esto será parte de la más rápida y sombría campaña electoral. Maduro, antes de informar la muerte de Chávez, había expulsado a dos diplomáticos estadounidenses por presuntamente ser partícipes de un complot contra su gobierno. Luego aventuró la tesis de que el comandante había sido asesinado nada menos que por Estados Unidos, por el imperio que “le ha inoculado la enfermedad”. Generaciones futuras de científicos lograrán demostrarlo, prometió. Sin duda una apuesta audaz -estrambótica-, similar a la que haría su finado mentor, cuando exhumó el cadáver de Simón Bolívar para practicarle una autopsia en un fallido intento por demostrar su sospecha de que el Libertador había sido envenenado.

Venezuela está llena de incertidumbres, pero las que preocupan a la mayoría no están en el pasado sino en su futuro. Ahora, sin Hugo Chávez, todo podría ocurrir. Precisamente la figura de Maduro se erigía como la mayor de muchas incógnitas.

¿Quién era realmente este funcionario repentinamente embestido con el poder presidencial? Un civil que se preciaba de ser un hombre de diálogo que, de pronto, blande sin pudor un poder que le ha sido heredado casi monárquicamente. Bendecido por decenas de dignatarios y personalidades que asistieron a los funerales, su ascensión al trono desde el oscuro entorno presidencial parecía inevitable. Carente de carisma, con facilidad para el insulto, una abierta homofobia y cierta dosis de misoginia, Maduro trataba de ser fiel a Chávez, encarnar su memoria y calzar sus zapatos.

¿Pero qué de todo ese espectáculo político era él realmente? La duda había sido sembrada por alguien que lo conocía bien, un periodista disidente del chavismo, ex diplomático y parlamentario Vladimir Villegas, en una entrevista del 24 de febrero con Laura Helena Castillo en El Nacional: “El verdadero Maduro lo veremos el día que no esté Chávez. Así como al verdadero Diosdado y al verdadero Arias Cárdenas. Es como en Colombia: una cosa fue Santos con Uribe y otra sin Uribe. El Maduro de juego autónomo, el estadista que dependa de sus propias decisiones no lo hemos visto. El de ahora está cuidando las formas para no ser tildado de traidor, blandengue o conciliador”.

El mismo 5 de marzo, Maduro había trazado las líneas de lo que sería una campaña llena de fantasmas: El del propio líder cuyo espectro rondará lo que seguramente serán unos prolongados funerales; y el de un supuesto enemigo externo y criminal, que el gobierno tratará de encarnar en un proxy, mejor aún si es el candidato de oposición. Pocos días después sería juramentado como presidente encargado y como tal inscribiría su candidatura presidencial para los comicios convocados para el 14 de abril.

Empecé a pensar en escribir este trabajo el 9 de diciembre del 2012 y me senté a hacerlo efectivamente el 1 de enero de 2013. Eché mano a información documental y datos exclusivos recabados en entrevistas realizadas desde 2005 y hasta la penúltima semana de febrero. Cuando Maduro dio la noticia del fallecimiento de Chávez, el libro estaba ya en manos de la editorial y listo para la imprenta. Estas líneas de última hora las redacto a 30 días de las elecciones

Así que hago esto como advertencia. O como excusa por las faltas y omisiones que son propias de un reportaje periodístico hecho con los rigores de un deadline para el noble y pausado instrumento del libro, y esto en medio del trepidante ambiente noticioso que vive Venezuela.

El candidato de la Mesa de la Unidad Democrática, Henrique Capriles había logrado la más alta votación contra Chávez el 7 de octubre del 2012. Pero tras la nueva reelección, la oposición había quedado desmoralizada. En las elecciones regionales del 16 de diciembre sufrió aplastantes derrotas en casi todos los estados, excepto en Lara, Amazonas y Miranda, donde el propio Capriles volvió a correr como candidato a gobernador. Capriles decidió lanzar su candidatura en lo que muchos comentaristas describieron como un gesto valiente y osado. Aunque Chávez, el mayor obstáculo para que la oposición accediera al poder ya no estaba físicamente en el escenario, Maduro, la familia del difunto y todo el aparato estatal estaban haciendo lo posible para que se mantuviese como si fuese esta su última contienda, la primera post mortem.

Este libro fue pensado originalmente para un público que, desde afuera, ve con interés creciente y renovada curiosidad a Venezuela. Muchas fueron las personas, de varias nacionalidades, que en distintos contextos me preguntaban si sabía quién era Nicolás Maduro y si creía que podría gobernar el país. Observé en medios internacionales una desorientación total respecto al delfín de Hugo Chávez y el efecto que podría tener sobre la nación petrolera. Luego, al terminar el texto y darlo a leer a unos amigos intuí que también podría ser una lectura útil para muchos venezolanos. No solo por el placer que muchos sentimos en que nos cuenten nuevamente lo que hemos vivido, sino por una necesidad de colocar en contexto y en justa medida a los personajes que nos gobiernan.

La objetividad y el equilibrio es la primera baja en una campaña electoral. La capacidad para evaluar a las personas por lo que realmente son pasa temporalmente a ser casi inexistente. De modo que es esta una invitación a la ponderación. A no subestimar ni sobreestimar a un hombre que, cualquiera que sea el resultado de la contienda, para bien o para mal, tiene y tendrá un rol decisivo en la vida de millones.

@CodigoVenezuela
Roger Santodomingo 

Ricardo Camacho Socorro

Activista social Venezolano

"Gracias a la libertad de expresión hoy ya es posible decir que un gobernante es un inútil sin que nos pase nada. Y al gobernante tampoco."
Jaume Perich.